Laura

A los 11 años de edad, Laura era la única hija viva de una familia de fantasmas, muchos niños nacieron en su familia, pero solo ella sobrevivió.
En la casa de los Garrido los recuerdos de los hermanos, convertidos en ángeles, era lo más importante y Laura, que estaba viva, aprendió a ocupar el lugar de un cuadro de decoración, un cuadro de naturaleza muerta, un cuadro que sirve para adornar, pero jamás para ser contemplado, porque se mimetiza con el ambiente y por esta razón se vuelve invisible.
Pero Laura sabe que está viva, porque Laura esta creciendo y su maestra de biología le enseñó que todo aquello que crece está vivo, por lo tanto ella está viva. Las caras de sus hermanos no cambian, están siempre ahí, en el mismo lugar, con la misma expresión y con la misma edad, son eternos, son intocables y están benditos. No como Laura, que parece ser una maldición para su madre. Su padre le pide perdón, cada vez que Laura llora, pero nunca hace nada, él nunca hace nada.
Laura no quiere ser olvidada, Laura no quiere ser un cuadro de decoración, Laura quiere que la vean, Laura quiere ocupar el lugar de sus hermanos, Laura quiere estar bendita, por eso siempre hace lo que sus padres le piden, porque tiene la secreta esperanza de ser vista y por fin incluida en sus vidas, pero a pesar de sus esfuerzos, nadie parece notar su presencia, nadie parece escucharla, a nadie le importa que tenga las mejores notas en bilogía.
Así creció Laura, a la sombra de sus hermanos muertos, en una casa donde el  silencio es una norma fundamental. Laura siempre es la mejor en todo, es la mejor deportista, la mejor alumna, en todo destaca, en todo es brillante, pero nunca nadie lo nota, es como si una sombra la cubriera, una sombra impenetrable, una lluvia de ausencia.
Una tarde de diciembre a sus 17 años, Laura está sentada en el patio del colegió, sus zapatos relucientes, sus rizos perfectamente peinados, su camisa impecable. Es el día de su graduación, se licencia con honores, es la mejor alumna de su generación y espera a sus padres con ansias. Imagina el orgullo que sentirán, imagina lo felices que estarán, imagina los besos, los abrazos y las palabras de afecto que por primera vez serán para ella.                                  La ceremonia comienza, recibe felicitaciones y aplausos. Por primera vez todos la ven y se siente profundamente bendita. Igual que sus hermanos benditos. Al terminar la ceremonia corre al lugar reservado para sus padres, espera sus abrazos, sus besos y las palabras de afecto que por primera vez serán para ella, pero cuando llega se da cuenta de que las sillas reservadas para ellos están vacías. Sus padres no asistieron.                                                Hundida en la desesperación, Laura corre nuevamente, esta vez, hasta su casa. Entra en la habitación de los ángeles, de sus hermanos benditos, de sus hermanos intocables. Les ruega que le permitan estar viva, reza, llora, les pide que desaparezcan para poder vivir, pero ellos no la escuchan, sus imágenes permanecen intactas, inmóviles, inmaculadas.                   Laura, que hasta entonces, solo había llorado en silencio, a escondidas y agarrada de sus sabanas como le enseño su madre, soltó un grito desgarrador, que se esparció por toda la bendita casa.
Tomó la escoba y arrasó con todos los benditos e inmaculados ángeles, los lanzó al suelo y los pisó hasta hacerlos trizas, sus padres parados en el marco de la puerta la miraban impávidos, como si no creyeran lo que estaba ocurriendo.
-Perdóname- dijo su padre, -Eres una maldición-dijo su madre, quien recogió las fotografías, compro nuevos marcos y reconstruyó el santuario.
No se volvió a hablar del tema. Pero las palabras de su madre siguieron sonando una y otra vez en la cabeza de Laura "eres una maldición" ¿que habrá querido decir? toda su infancia fue la niña perfecta, toda su adolescencia fue perfecta, jamás causó una molestia, siempre destacó en todo, el día de su graduación todos pudieron darse cuenta de eso y aunque ahora quizás ya la olvidaron, ese día existió para todos, para todos menos para sus padres.
¿Porque precisamente ella, que todo lo había hecho bien, seria una maldición?
Una noche de agosto, el día de su cumpleaños, un cumpleaños tan olvidado como ella, Laura vuelve a la habitación de los ángeles, los mira a todos, uno por uno les pide respuestas, pero nada, ellos permanecen silenciosos, inmóviles, benditos e inmaculados. La expresión de sus rostros es siempre la misma, esa es la expresión que su madre tanto ama, ese es el silencio y la quietud inmaculada que su madre protege y protegió siempre de ella, de la niña ruidosa que alguna vez fue, protegió a los niños muertos de la niña viva, la niña viva tuvo que estar un poco muerta para poder convivir con los ángeles y su maldición era precisamente su vida.
Laura recordó todas las veces que su madre le dijo que ella era una maldición y todas coincidían con los momentos en que profanaba el santuario de sus hermanos, era solo en esos momentos cuando su madre no podía ignorarla, era solo en esos instantes en que su madre percibió su presencia. Una puerta mal cerrada, un cuadro de niño muerto fuera de su lugar, las huellas de sus zapatos, el más mínimo signo de vida en esa habitación era percibido y castigado por su madre, el padre consolaba a la niña con escusas que la hacían ser vista al menos por él, pero solo en esos momentos su padre se desprendía de su esposa, el resto del tiempo era solo una prolongación de ella.
¡Soy una maldición! grita Laura, tan fuerte como puede y aquel sonido se esparce por toda la casa, ¡Soy una maldición! Grita. Para liberarse del silencio.
Saca del santuario a uno de los ángeles, lo lanza contra el piso y toma un trozo de cristal, se acaricia el antebrazo, justo donde puede ver sus venas y profana el lugar con un charco de sangre abundante y viva, su corazón late, su cuerpo se retuerce en el suelo y ella se hace más y más etérea, más y más bendita.
Sus padres solo suben a la habitación 3 horas después, la madre no quería presenciar la escena que días atrás tuvieron que presenciar y su padre que era tan perfecto para su esposa como Laura lo fue para su madre, decidió acatar su voluntad.
Cuando por fin suben, Laura estaba en el piso, inmóvil, inmaculada y santa, por fin deja de crecer y por fin su madre puede amarla, su padre la mira perplejo -Perdóname- murmura por última vez.
Tres días después el cuerpo de Laura está en un cementerio y su fotografía en la habitación de los ángeles, ese mismo día su padre está parado en la puerta con una maleta en cada mano y mirando hacia la calle -si no me voy, el próximo ángel seré yo- le dice a su mujer y se marcha.

Si bien me leiste este cuento hace un par de días atrás, ahora lo vuelvo a leer con más calma.

Simplemente, deja los pelos de punta porque me transporta a momentos de mi niñez, te soy franco.

Posee una dureza que solamente se obtiene gracias a la propia historia personal pero es necesaria para sanar.

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