Me miré las manos por última vez y supe en ese instante cuan fugaz es un momento, cuan inesperada es la vida y cuan mágica por durar lo que dura una milésima de segundo.
Era una noche como tantas, en una plaza como tantas, frente a un hombre como tantos, que me decía palabras como las que tantos otros habían pronunciado ya, tantas veces.
El reloj seguía su curso, los segundos avanzaban mientras yo, parada frente a él, me reía de ese destino absurdo que me hacía adivinar, con absoluta perfección, lo que ese individuo tenía que decirme.
Lo único
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